- ver A Dictionary of American Family Names © Patrick Hanks and Flavia Hodges 1990, 2003, 2006.
- Es más probable que Torres se encuentre en:
- México: 288,165 personas en el Árbol Familiar.
- Puerto Rico: 38,271 personas en el Árbol Familiar
- España: 29,263 personas en el Árbol Familiar
En el estudio encuentro que las familias preferían mantener unidos sus patrimonios. Lo particular de este censo es que mi Bisabuelo se volvió a casar con Teodocia González de Torres Blanca de 33 años.
Residían allí:
Su hijo Claudino Torres González (abuelo) de 30 años su yerna Dominica Pérez de Torres(abuela Iky) de 30 años de edad su nieto Luis Torres González de 6 años de edad nieto, Miguel Torres Pérez nieto de 8 años Sifredo Torres Pérez 6 años de edad nieto , Gloria María Torres Pérez de 5 años también nieta y Ilona Torres Pérez que era mami (Irma) de 2 años nieta, Claudio Torres Pérez de un año nieto. Estaba alojado Cecilio Pérez Martínez de 55 años con su esposa María González de Pérez de 35 años la hija 2 los alojados era Isaura Pérez y González de 9 años y con ellas Angela Pérez de Pérez de 104 años. Ya mi tatarabuelo José Dolores Torres Alicea tenia 54 años. Es en éste Censo que aparece Loboria aun sin verificar si Miguel tuvo segunda esposa.
Yo compartí mucho con el abuelo Talo luego de el fallecimiento de mis padres. Desde 1984 el fue el que me entregó en el Altar el día de mí boda. Para mí ese día fue grandiosa su compañía. Recuerdo ir a casa de abuelo a pasar las tardes dominicales con mis retoños.
Y recibirlo temprano cada sábados en la Casa del Pueblo a tomar su café. Tocaba bien fuerte la puerta ¡Oh!, llegó el abuelo. Fue tan recto, y amaba a ese gruñón empedernido.
Pérez
Abuela decía algo, y nadie refutaba lo contrario ni grandes ni pequeños.
Se hacían turnos para cuidarla. Como una Princesa.
Sé que la tuve que cuidar cuando hizo cama. Ella irradia fortaleza y a la vez un inmenso amor.
Descanse en paz. ⚘ Un abrazo hasta el Cielo Abuela.
En el corazón del Pueblo del Pepino, en San Sebastián, vivieron dos figuras cuya vida marcó profundamente la historia de nuestra familia: Don Claudino Torres González (1910-1994) y Doña Dominica Pérez Pérez de Torres (1905-1984). Ellos no solo formaron un hogar, sino un legado de trabajo, disciplina y amor que aún resuena en la memoria de quienes tuvieron la bendición de conocerlos.
Orígenes de la familia Torres
El apellido Torres, llevado con orgullo por Don Claudino, posee profundas raíces en la historia ibérica. De origen gallego, catalán y español —con presencia también portuguesa y judía sefardí— es un apellido habitacional asociado a numerosos lugares llamados Torres, cuyo nombre proviene del plural de “torre”.
Los antepasados de la familia Torres de esta rama procedían específicamente de San Miguel de Abona, Tenerife, Islas Canarias.
Reflejando la antigua migración Canaria que pobló gran parte de Puerto Rico.
En los registros genealógicos actuales se encuentran miles de descendientes con este apellido: alrededor de 38,271 personas en Puerto Rico y 29,263 en España dentro del árbol familiar documentado. El más antiguo Torres que se registra es de 1691. Llegando este apellido a lo largo de más de tres siglos. El apellido Torres ha sido transmitido de generación en generación como un hilo invisible que une el pasado con el presente. Cada nacimiento añadió un nuevo eslabón a esta cadena familiar que comenzó en el siglo XVII y continúa viva en el siglo XXI. Cada nuevo miembro de la familia es heredero de más de trescientos años de historia, trabajo y raíces.
Infancia de Claudino Torres González
Don Claudino nació en 1910.
Para el Censo de 1920, con apenas ocho años, vivía junto a su familia en el camino vecinal de Soller, en Cibao, Camuy, Puerto Rico. En aquel hogar estaban sus padres:
• Miguel Torres Morales, de 37 años
• Loboria González Gerena de Torres, de 45 años
Y sus hermanos:
• Anita Torres González (12 años)
• Georgina Torres González (10 años)
• Manuel Torres González (20 años, alojado)
En el hogar también vivía Francisca Reyes Reyes, una joven criada de 26 años.
Diez años más tarde, en el Censo de 1930, Claudino tenía alrededor de 14 años y aún vivía con sus padres. Curiosamente, el registro muestra una discrepancia en la edad de su madre Loboria, a quien el censo restaba cinco años.
Para 1940, Claudino tenía 30 años y ya estaba casado con Dominica Pérez. Ambos vivían en la casa del padre de Claudino, manteniendo la tradición familiar de preservar y compartir el patrimonio del hogar.
En aquella casa convivían varias generaciones: hijos, nietos y familiares alojados, reflejando la estructura familiar extensa típica de la época.
El hombre de palabra: Abuelo Talo.
En el pueblo todos lo conocían como Don Claudino o simplemente “Talo”.
Era un hombre alto —de seis pies y dos pulgadas— y de pocas palabras. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía era conciso, preciso y firme. Un hombre cuya palabra bastaba.
Fue uno de los primeros mecánicos de camiones de caña en San Sebastián. Su taller estaba ubicado en la avenida Emérito Estrada Rivera, antigua carretera hacia Lares, frente al negocio de Maximino Tropito y al cuartel de la policía.
El edificio era grande, construido en planchas de zinc y simulaba dos pisos. El segundo nivel, con techo de dos aguas, era más angosto que el primero. En el interior había un balcón que rodeaba el espacio, al cual se llegaba por escalinatas angostas.
Las puertas eran tan altas que alcanzaban el segundo nivel.
En aquel taller se veían:
• la máquina para levantar autos
• armarios llenos de herramientas
• cajas de bolas metálicas dispersas
• Cines
• Carros
• Un enorme cuadro del vehículo que por primera vez llegó al Pepino. Que heredó "Wichi". 


Esas bolas se convertían en tesoros para los niños de la familia, quienes las utilizaban para construir carritos de madera. Luego bajaban la cuesta de la Casa Grande, frenando con los pies o con una pieza de madera clavada al costado.
Al lado de la casa había también un garaje donde, después del cierre del taller del pueblo, el abuelo aún arreglaba uno que otro automóvil.
Aunque en aquel tiempo la mecánica no era considerada labor para niñas, aprendí de él muchas cosas:
• arreglos básicos de autos
• pintar carros
• palear cemento
• amolar machetes
La Casa Grande.
La Casa Grande, en el barrio Hoyamala, era una referencia en la comunidad.
Recuerdo haber observado el recorrido de la casa cuando aún la estaban terminando. Las personas del pueblo me identificaban siempre con orgullo:
“Tú eres la nieta de Don Claudino”.
Ese reconocimiento acompañó mi vida cotidiana en el Pepino.
El abuelo en la vida en mi vida.
Tras la muerte prematura de mis padres, el abuelo Talo se convirtió en una presencia aún más cercana.
En 1984, él tuvo el honor de entregarme en el altar el día de mí boda, un momento que recuerdo como uno de los más grandes de mí vida. Abuelo vestido con su elegante traje. Y su adorable presencia.
Los domingos por la tarde solía visitarle a su casa junto a mis hijos. Y cada sábado temprano lo recibían en la Casa del Pueblo, donde llegaba a tomar mí café.
Siempre tocaba fuerte la puerta.
—“¡Oh! Llegó el abuelo.”
Era un hombre recto. Mi amado "Gruñón" y profundamente amado.
En 1994, Don. Claudino trascendió —como dice su familia— a las Mansiones Celestiales.
Doña Dominica Pérez Pérez de Torres
El apellido Pérez, de origen español y también sefardí, es un patronímico derivado del nombre Pedro.
La familia Pérez de esta rama tenía raíces en Vilaflor, Tenerife otro de los pueblos de las Islas Canarias que aportaron migrantes a Puerto Rico. El más antaño 1530.
GDXC-Y21.
Éste será otro tema que queda en el tintero.
Infancia de Dominica
Dominica nació alrededor de 1905-1908.
Sus padres fueron:
• Manuel Pérez Pérez
• María Antonia Pérez Gerena de Pérez
En el Censo de 1910, con apenas cuatro años, vivía con su familia en el camino vecinal de Lares a Quebradillas, en una finca identificada como la número 143.
En el hogar estaban:
• Francisca Pérez Pérez (12 años)
• Rosalía Pérez Pérez (10 años)
• Heliodoro Pérez Pérez (7 años)
• Tomasa Pérez Pérez (5 años)
• Águeda Pérez Pérez (la menor)
Para 1920, Dominica tenía unos diez años y aún vivía en el mismo lugar. La familia había crecido con nuevos hermanos: Marcelino, Olimpia y Baudilio.
En el Censo de 1930 aparece una curiosidad: el documento indica que Dominica tenía 13 años, aunque en realidad debía tener cerca de 20.
Matrimonio y familia.
Para 1940, Dominica ya estaba casada con Claudino y vivía en la casa de su suegro en el barrio Cibao.
Tenía entonces seis hijos:
• Miguel
• Sigfredo
• Gloria
• Irma (Mi madre)
• Claudio
• y otros que completarían la familia de ocho hermanos. En los siguientes años. Los más pequeños (José Manuel, Gregoria; Tía Goyi, el pequeño José Luis)
Una señorona del Pepino.
Doña Dominica era conocida con cariño como:
Abuela Iki, Dominiki o Doña Domi.
Era una mujer fuerte, elegante y respetada. Participaba activamente en la vida social del pueblo:
• el Club Cívico Social
• las Cámaras de Ruth de la logia de los Odd Fellows
• el Casino
Sin embargo, su verdadera grandeza se manifestaba en el hogar.
Se levantaba temprano todos los días para atender la casa. Aunque tenía ayuda de una empleada de Sevicios Domesticos para planchar y preparar la comida de los hombres del taller, ella se aseguraba de que todo marchara bien.
Cada mediodía enviaba cuatro fiambreras al taller de abuelo y sus hijos.
Muchas de sus comidas quedaron grabadas en la memoria familiar:
• habichuelas coloradas con buñuelos de guineo verde.
• habichuelas blancas recién desgranadas.
• viandas con bacalao.
• maíz hervido del huerto
• gofio molido en la máquina
• mazamorras con canela entre otras delicias.
También enseñó me enseñó:
• escoger gandules en su punto
• desgranarlos
• retoñar plantas de guineo
• sembrar y abonar la tierra
Criaba gallinas y cerdos en el terreno familiar.
Hubo una tarea que nunca logré hacer: matar las gallinas. Así que siempre terminaba encargándome de quitarles el plumaje después de escaldarlas en agua hirviendo. Allí me incluían.
Me dirigía en muchas cosas.
Como se debía comportar una niña. Antes no era una chancla voladora era una Vara de Guayabo. Que nunca conocí. Como asearse, como sentarse con elegancia. Tanto secretos de mujer. 

Cuando Abuela Iki decía algo, nadie lo discutía.
También tenía sus costumbres particulares. Solía visitar a su hermana Lola en la capital y decía simplemente:
“Regreso martes”.
Pero nadie sabía cuál martes.
Mujer de autoridad y fe.
Asistía a la Iglesia los domingos.
Los miércoles por la noche rezaba el rosario a oscuras en la cocina, colocando velas en fila por cada persona fallecida para que sus almas descansaran en paz.
Tradiciones que vi desaparecer.
Sus últimos años
En sus últimos días fue cuidada con amor por su familia. Incluso cuando estuvo hospitalizada en Hospital Pavía, se organizaban turnos para acompañarla.
Fue cuidada —como recuerda su nieta— “como una princesa”.
Falleció a los 75 años, el 12 de enero de 1984 a las 7:00 de la mañana, en la Casa Grande del barrio Hoyamala, en San Sebastián.
La causa fue hipertensión arterial severa.
Sus restos descansan en el Antiguo Cementerio Municipal de San Sebastián.
Un legado de vida.
Don Claudino y Doña Dominica no solo criaron una familia numerosa; construyeron un hogar lleno de trabajo, valores y memoria.
De ellos quedaron enseñanzas sencillas pero profundas:
el valor de la palabra, la disciplina del trabajo, la fe, el respeto y el amor por la familia.
Su nieta Ivette, quien creció bajo su cuidado, conserva esas memorias como un tesoro.
Porque recordar es vivir.
Y mientras sus historias se sigan contando,
Don Claudino y Doña Dominica seguirán vivos en la memoria del Pepino y de su familia.
Blogger, Guajana con Bayas. Una historia para contar.
¿De quién desciendes? Te invitó a descubrir tu linaje. Escribe en los comentarios queremos saber de tí. Gracias







































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